En el Café Naranjo publicamos el segundo premio del concurso Farraluque de literatura Erótica 2026: «Por si mañana no amanece», del escritor Ariel Hernández Reyes. Felicitaciones apreciado amigo.
Por si mañana no amanece
Ariel Hernández Reyes
La casa me recibió con las persianas abiertas. La luz de la tarde entraba sin prisa, como si me hubiera estado esperando. En aquellos días la electricidad era un lujo lejano y esa claridad era todo lo que teníamos, pero nos bastaba.
Desde la cocina me llegó el olor a comida caliente y también a carbón. Entonces, Clara se asomó —la luz natural bañaba su silueta, dibujando la forma de su cuerpo a través del vestido— y el cansancio de tantos días se me deshizo en el pecho.
—¡Papi! No te esperaba —vino hacia mí, de prisa, casi corriendo.
Nos enredamos. No sé quién buscó a quién, pero de pronto, nuestros labios ya estaban juntos, sin querer separarse.
En el forcejeo, mi mano encontró la curva de su cintura bajo el vestido. La tela estaba caliente, casi viva.
Hundí el rostro en su pelo. Olía a casa, a comida, a ella. Pero en su cuello, justo donde la piel está más blanca, el aroma del alcohol de las inyecciones llegó como algo tenue. Mis labios se posaron ahí.
—Hueles a trabajo —murmuré.
—Hueles a tierra —respondió, y su boca volvió a la mía.
—Me dieron unas horas para ver a los míos. La situación está que arde. ¿Y los niños?
—En casa de Maritza. Ahora los llamo.
—Espera.
No la solté. Necesitaba decirle algo más, mucho más, pero su mano rozó el barro de mi uniforme y las palabras se me quedaron atascadas.
—Está sucio —dijo.
Miré la tela. El polvo seco de la trinchera lo cubría, pero lo prefería al olor a pólvora.
—Después me baño y recojo ropa limpia. No sé cuándo podré volver.
Ella no respondió. Miró hacia la ventana. Supe que no veía la calle. Imaginaba un lugar más allá del horizonte. Buscaba los barcos que se mencionaban en las noticias, que corrían de boca en boca como un incendio fuera de control. Era lo que yo vigilaba cada día, aunque pensando en ella.
—¿Tan mala está la cosa?
—Sí, mucho. En cualquier momento pueden atacarnos. Tienes que estar lista. Cuando suene la alarma corre al refugio con los niños.
La abracé con fuerza. Bajo mis dedos, sus costillas. La sentí respirar hondo.
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—Sí —dijo, contra mi pecho—. Tengo todo listo. No te preocupes.
La acompañé a la cocina. Tapó el recipiente en la hornilla. Mientras hablaba —de refugios, de alarmas, de lo que haríamos si— un hilo de sudor le bajó desde la nuca y se perdió bajo el vestido.
Dejé de oírla.
Seguí ese rastro con los ojos, hasta donde la tela lo borraba. El vapor silbaba, caliente, y yo solo quería morderla, justo ahí.
—Ve a bañarte —dijo, y señaló el cubo de agua caliente que ya humeaba junto a la puerta—. Se te enfría.
Aunque el agua no era lo que temía que se enfriara.
La miré. Supe que no había mejor defensa que su piel contra la mía. Ni trinchera, ni alarma, ni refugio. Solo eso.
—Báñate conmigo.
La tomé de la mano. No dijo nada. Tal vez dudó un instante, pero yo solo vi la curva de sus labios y el brillo en sus ojos.
La ropa cayó con la prisa de quien exhala un suspiro. La tela resbaló y de pronto ya no había nada entre nosotros salvo el aire, y ni ese queríamos.
Mis manos la ayudaban a desprenderse de la ropa, o acariciaban su piel, daba igual. Mientras, nuestras bocas se mordían con hambre, devorándose.
Mis dedos recorrieron su espalda, siguiendo la curva que llevaba a su cintura. Mi boca se demoró en su cuello, y ella alzó la barbilla.
—Sí, ahí —dijo, y mis dientes la mordieron con suavidad, apenas un roce.
La pared nos recibió. Fue límite, equilibrio, la excusa para no caer. Nos deslizamos por ella hasta el suelo y nos enredamos en un nudo de miembros, donde ya no se distinguía su piel de la mía.
La espuma creció. Nuestros cuerpos se buscaban. Jadeos. Risas. Sus uñas se clavaron en mi espalda. Quizá esa era la pólvora que hacía falta para que sus gritos detonaran.
Sus dedos se enredaron en mi pelo. Luego, sus piernas rodearon mi cintura en un cerco del que no quise huir.
Aferré sus nalgas, marcando el ritmo. A veces era furia, otras, ternura. Movimientos. Temblor. El deseo que nos fundía en nuestro propio mundo. Afuera, todo seguía ardiendo y nosotros, allí, envueltos por el fuego.
Del vapor del baño pasamos al sanitario —como quien cambia de rincón para seguir respirando—. La guerra seguía en otro terreno, pero la batalla era la misma.
Reemplazamos el agua por la toalla. Un descanso breve. Ojos que se miraban y labios que volvían a enlazarse.
Me senté en el sanitario.
Ella me miró. Sin decir nada, se montó sobre mí, a horcajadas. Su peso caía sobre mí. Solo nos acompañaban el roce húmedo de nuestros cuerpos y los jadeos contenidos.
El mundo se redujo al balanceo del sanitario, a sus brazos alrededor de mi cuello, a mis manos en sus senos. El caos de un nuevo comienzo, sin importarnos lo que afuera estuviera ocurriendo.
El deseo venía en oleadas. Cada embestida distinta, cada roce una brasa que no se apagaba. Jadeos. Gritos. Relámpagos en su piel, en la mía.
—¡Mami!
La voz de nuestra hija, desde la entrada. Sus nudillos golpeando la puerta.
—Es Yami —dijo Clara.
—Qué puntería tiene, ñoo —sonreí.
Ella también sonrió, y por un segundo nos miramos como si hubiéramos salido airosos de un delito.
—¡Ya va! —gritó—. ¡Estoy en el baño!
Recorrimos la casa a la carrera. Su vestido apareció en el respaldo de una silla; mi uniforme, hecho un bulto junto a la puerta. Nos vestimos sin hablar, pero cada vez que nuestros cuerpos se rozaban la prisa se volvía otra cosa.
Mientras me subía los pantalones, mi muslo rozó el de ella. Aún húmedos. Nos miramos como cómplices.
—Mira quién está aquí —dijo Clara, y abrió la puerta.
—¡Papá!
Yami llegó corriendo, Esteban detrás. Los dos pequeños se colgaron de mi cuello. Los abracé. Sin el fuego de antes. Pero con algo que también me desarmaba.
—¿Ya no te vas a ir, papá? —preguntó Yami.
—Solo vine por un rato. Tengo que volver.
Su cara se enfurruñó. Entonces le hice cosquillas, y se rio, pero sus ojos seguían húmedos.
Preguntas, respuestas. Cosquillas, risas. Olor a comida, a casa.
Esteban casi no jugaba. Miraba el teléfono, callado. De pronto, sus dedos rozaron mi brazo. Su piel estaba fría. Quería asegurarse de que yo estaba allí.
Miré a Clara. Sus manos —las mismas que semanas atrás preparaban jeringuillas y vendaban heridas— ahora preparaban alimentos. En su mirada, un hospital invisible.
Al servir el arroz, su mano tembló. Un grano cayó en el mantel. Ella lo recogió con la yema de los dedos, rápido, en silencio. Nadie lo vio. O todos fingimos.
Yo recordé ese mismo temblor en el baño, cuando sus dedos se aferraban a mi espalda, cuando no era cansancio lo que le corría por el cuerpo.
—¡Arriba a comer! —gritó Clara, y su voz sonó más alta de lo necesario.
Cargué a los niños. Yami en la cadera, Esteban colgado del cuello. En el comedor, el teléfono vibró sobre la mesa. Una palabra: «majá».
El tiempo se quebró.
Clara vació la comida en un pozuelo. Yo embutí la ropa en la mochila.
En la puerta, los abracé. A ella, a Yami, a Esteban. Los apreté fuerte, uno por uno y a todos juntos, como si pudiera guardarlos dentro de mí.
Por si mañana no amanece.

Ariel Hernández Reyes
(1974)
Pertenece a los talleres literarios “Espacio Abierto” y “Fractalia”. Fue Finalista del concurso “Oscar Hurtado 2024” en los géneros de “cuento de ciencia ficción” y en “cuento de fantasía”. Ha participado en múltiples concursos literarios como los campeonatos de escritura creativa “Consignas” y “Kovalivker”, en este último, uno de sus cuentos fue seleccionado como uno de los mejores veinte para ser publicado en la antología. Fue premiado con la primera mención en el II Concurso nacional «Mínimo, Cuentos Breves», primera mención en el XXIX concurso de literatura erótica «Farraluque 2025». Posee dos cuentos publicados en la antología «Cuentos y relatos del Equipo Acuarela» de la Editorial “Atelier” de Argentina. En la revista “Acuarela” de Argentina están publicados dos cuentos y en el primer número de la Revista “Letras infinitas” de ecuador hay publicado un cuento infantil.



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